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LA POETICA DEL SIGNO. CRITICA DE ARTE

ĹA POETICA DEL SIGNO
de Pedro Manzano
Fue el crítico Michel Tapié quién etiquetó por primera vez el Informalismo. Una denominación introducida en 1951 con motivo de las exposiciones Véhémences Confrontées y Signifiants de L´informel, que permitiría designar a un grupo de pintores europeos y americanos: Riopelle, Fautrier, Dubuffet, Wols, Tápies, Pollock, Hartung o Guinovart…, entre otros, dotándolos de un nexo aglutinador. Un término complejo que integra ciertas ideas: el gusto por la materia, el trazo gestual, la búsqueda del sentido de lo espacial, la valoración del azar y la improvisación. Sin que resulten necesariamente excluyentes las referencias al mundo real o a la figuración. El Informalismo valora, sobre todo, la personalidad del artista y su posicionamiento en referencia a las técnicas y materiales empleados.
Aquellos logros del Informalismo han pervivido y mutado en la obra de un buen número de creadores. Y desde luego han sobrepasado ampliamente el siglo XXI, amparados en la propia ambigüedad e imprecisión del término. ¿Alguien cree que es posible sustraerse a la atracción que ejercen sobre el artista conceptos tales, como desestructuración, valoración del signo y la mancha, rapidez de ejecución y proyección en la obra de un cierto estado anímico? Al fin parece que es en la ambigüedad, en lo no desvelado explícitamente, donde radica la supervivencia, no solo de un término o de un concepto creativo, también del propio artista, en tanto en cuanto éste es capaz de asumir cambios, de adoptar nuevas ideas, de aventurarse por nuevos y desconocidos caminos.
Llegados aquí podríamos preguntarnos ¿responde al adjetivo <> la obra de Álvaro Peña? O mejor ¿Cuánto hay de <> en sus piezas? Una pintura de acción contenida, controlada, que juega con las posibilidades expresivas del grafitti, que Peña somete a las reglas de la pintura y a las dimensiones más limitadas del lienzo; del gesto, convertido en un signo pictórico que ha ido despojándose del color, que actuaba antes de relleno formal, y es ahora una forma sinuosa, gris o negra, a la búsqueda de un ritmo elegante propio y diferenciador en cada una de las obras. Signos, grafías que, como si se trataran de un alfabeto carente de nexo explícito o de significado, buscasen explorar libres la superficie blanca del cuadro, interactuando con las representaciones de figuras femeninas que animan el lienzo y parecen, en un juego surreal, emerger del subconsciente, apelar a lo sensual. Un ejercicio pictórico y, a la vez, un elogio al dibujo y la ilustración –otros campos en los que Álvaro Peña ha incursionado–, al cómic de los ochenta –que difícil no percibir en estos cuerpos desnudos el recuerdo de Manara, Hugo Pratt, Dino Battaglia o Jean Giraud–. Sí, en la obra de Álvaro Peña parecen subsistir ciertos elementos informalistas, la búsqueda de espontaneidad, el rechazo a lo premeditado y, en especial, ese empeño por explorar obsesivamente las relaciones entre los personajes que asoman en sus cuadros y las caligrafías que les sirven de soporte espacial, de lugar y estado, de justificación y presencia.
Si, a modo de ejemplo, analizásemos dos de las últimas piezas del pintor, realizadas en 2017: El penúltimo hombre de Vitruvio, un díptico de 160x40 cm; y El taller de los deseos, un tríptico de 320x80 cm, pronto comprobaríamos que en ambas obras el artista pretende, con esa renuncia a lo formal, superar una dialéctica recurrente a lo largo del pasado siglo, la falsa oposición entre abstracción y figuración. En el primero a través de la forma en que el personaje se imbrica en las curvas libérrimas y parece formar parte o salir de ellas. En el segundo cuadro aludido esa superación está ligada a la idea de secuencia y movimiento de las figuras femeninas, representadas en cada una de las partes que componen el tríptico, que semejan acomodarse al vaivén de los amplios trazos del pincel. No parece, por otra parte, que estemos desvelando una línea de trabajo que resulte nueva en el discurso plástico de Álvaro Peña; acomodar lo abstracto y lo figurativo forma parte del esfuerzo con el que el artista plástico lleva años enfrentándose, incluso cuando el color, que parecía convertir sus lienzos en iluminadas vidrieras o esmaltes, constituía el núcleo de sus propuestas.
Caminos por explorar. Caminos que llevarán al pintor, de forma ineludible, a romper con lo formal. Pues, como diría Jean Dubuffet, la pintura no deja de ser un lenguaje, por lo general más espontáneo y directo que las propias palabras, cercano al grito y a la danza, un medio de expresión de nuestras voces internas que recurre a la sorpresa como razón de ser de su poética y su existencia.
O puede que, como señalaba Hubert Damisch, el termino Informal carezca formalmente de valor y solo sirva para desclasificar. Y el artista, cada artista, solamente deba responder a sus propios dictados, seguir su camino más allá de etiquetas. ¿Acaso el arte no es sobre todo un juego, una hermosa ironía a la que estamos sometidos para poder pasar más felizmente los días de la vida?

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